La materia y el espíritu no son cosas, sino aspectos

Esta entrada fue publicada originalmente Naukas.

La cultura occidental está dominada por la idea de que el alma es una cosa que de alguna manera interactúa con el cuerpo, y de esta manera lo gobierna. La idea tiene su máxima expresión en el dualismo cartesiano, aunque no se puede decir que Descartes inventara el dualismo, puesto que ya estaba latente en el cristianismo platonizante, que por supuesto lo hereda de Platón. No solo las creencias populares, también algunas ramas de la ciencia se ven lastradas por las ideas dualistas: están presentes, por ejemplo, en gran parte del planteamiento del  problema mente-cerebro, en la psicología, en la neurociencia, y hasta en la inteligencia artificial y el proyecto transhumanista.


¿Podernos representar el alma y el cuerpo como dos componentes que interactúan?

Esta concepción del alma la tienen no solo muchos de los que creen en su existencia, sino también muchos de los que la niegan. Y la niegan, precisamente, porque la consideran una concepción absurda, más aún desde una cosmovisión científica. Si el alma es inmaterial, ¿cómo puede “interactuar” con algo material como el cuerpo?

Con toda razón, pienso yo, el dualismo cartesiano está abocado, más tarde o más temprano, a la negación de la existencia del alma. O, más bien, de esa particular concepción dualista del alma. Una concepción que está constantemente reforzada por la iconografía occidental, desde el arte clásico a los dibujos animados.


Tom y Jerry:
Heavenly Puss (El gato celestial, 1949)

Pues bien, aunque resulte sorprendente para algunos lectores, pienso que, algunas reflexiones sobre la tecnología y los artefactos pueden ayudar a aclarar esta cuestión, especialmente desde una perspectiva aristotélica, que no por antigua es menos lúcida en este aspecto.

Las causas no son cosas, sino explicaciones

Aristóteles explica su teoría de las cuatro causas en un contexto de producción: el artesano que esculpe una estatua, el carpintero que fabrica una mesa (Física II, 3; Metafísica V, 2). La recuperación de este contexto tecnológico arroja una interesante luz para entender la interrelación entre las cuatro causas, lo que de nuevo resulta ser un argumento muy sugerente para los ingenieros, que son mi especialidad.

En efecto, las cuatro causas aristotélicas no son otra cosa que cuatro explicaciones complementarias; no son de ninguna manera cuatro “cosas” diferentes que puedan actuar independientemente e interactuar entre sí. En el contexto tecnológico esto resulta clarísimo: una máquina no se explica sólo por aquello de lo que está hecha (explicación o causa material), o aquello que la ha puesto en marcha (explicación o causa eficiente), sino también por su estructura (el orden entre sus partes, explicación o causa formal) y su función (la finalidad con la que ha sido diseñada, explicación o causa final). Esto lo entiende perfectamente alguien con formación técnica, como un ingeniero, sin necesidad de saber una palabra de filosofía; de hecho, los manuales de ingeniería de muy diferentes ramas están llenos de explicaciones que, en último término, se remiten a este esquema, que tan fecundo ha sido para el pensamiento occidental.

Estas cuatro explicaciones (causas) son complementarias, no se entienden las unas sin las otras. Por ejemplo, nadie entiende la estructura (forma) si no es para estructurar las piezas (materia) de la máquina, ni las piezas se entienden sino como partes estructuradas; así mismo, cualquier ingeniero que quiera explicar la estructura y composición de una máquina tendrá que referirse continuamente a su función prevista, al propósito con el que es construida. Por lo tanto, cualquier persona que fabrica artefactos (y en mayor o menor medida todos participamos de esta actividad) está ya preparada para entender sin ninguna dificultad la teoría de las cuatro causas. Con tal de que, en lugar de ‘causa’, se diga ‘explicación’, porque por influencia cartesiana, y moderna en general, es ya casi imposible entender la noción de causa en su sentido aristotélico original (en nuestro lenguaje moderno ‘causa’ significa de modo casi exclusivo lo que en el lenguaje clásico se denominaba ‘causa eficiente’). O sea, digamos la teoría de las cuatro explicaciones, y veremos que es aceptada sin dificultad.

Y así, uno de los principales obstáculos para entender el esquema aristotélico –heredado y desarrollado luego por la filosofía cristiana medieval– que es la supuesta interacción entre las cuatro causas, sencillamente se desvanece. ¿Que cómo “interacciona” la estructura de una máquina con sus piezas? La pregunta no tiene sentido para un ingeniero, y eso no quiere decir que la estructura deje de ser esencial para entender la máquina. La estructura no “interacciona” con las piezas, ni las piezas con la función, ni la función con la fuerza motriz. Las “causas” no son “cosas”, sino explicaciones…


Aristóteles: ¿qué es causa?

¿Interacción alma-cuerpo? No existe tal cosa

Esta reflexión tiene gran relevancia antropológica para contrarrestar el dualismo cartesiano. Si la tarea de comprendernos a nosotros mismos ya es de por sí suficientemente ardua, el dualismo la hace más difícil todavía. En buena tradición aristotélica, debemos aplicar las diversas nociones de causa al reino de los vivientes (humanos incluidos) sin traicionar su sentido original, sin tratar de cosificar o sustancializar la “forma” de un viviente, ni tampoco su “materia”. Así evitamos entrar en el callejón sin salida de tratar de explicar cómo esa supuesta cosa (la forma o “ánima” del viviente) puede “interaccionar” con esa otra supuesta cosa (la materia, el cuerpo): es algo imposible de explicar, pero es que no hace ninguna falta explicarlo, porque no existe tal “interacción”.


El alma y el cuerpo no son dos cosas que interactúan

Efectivamente, es imposible explicar cómo un ente inmaterial, el alma, podría interaccionar con un ente material, el cuerpo. Además, aceptar el dualismo cartesiano (“las cosas son: o materiales, o inmateriales”) es el punto de partida que a menudo desemboca en negar la existencia de todo tipo de realidades inmateriales, puesto que solo las materiales son “objetivas”, cuantificables. De esta manera se acaba afirmando que el ser humano es pura biología –mero producto de la genética, es decir, de las leyes de la materia– y negando la libertad entendida como autodominio. Obviamente, sin libertad no hay responsabilidad, ni tiene sentido hablar de ética, puesto que la ética trata de los actos humanos libres, los que se pueden hacer o dejar de hacer.

A mi modo de ver, el error más grave de la filosofía cartesiana consistió en sustancializar materia y espíritu, en querer considerarlos cosas. Pero alma y cuerpo, materia y espíritu, no son dos cosas distintas, sino dos aspectos distintos de un mismo ser; es decir, son dos maneras de conocer el ser y el actuar en sus distintas manifestaciones. No es que el ser humano sea la unión de dos sustancias; es que su ser lo podemos entender desde distintos puntos de vista, irreductibles el uno al otro si se quiere: el punto de vista que considera lo cuantificable, lo repetible, lo verificable, lo experimentable (el objeto, porque objetivado, exteriorizado); y el punto de vista que considera lo irrepetible, lo único, lo singular, lo valioso en sí mismo, lo autoconsciente y autodeterminado (el sujeto, que se conoce sobre todo de modo autorreflexivo).

El dualismo cartesiano nos ha metido en un callejón sin salida. No somos la unión de dos “cosas” (la res extensa material y la res cogitans inmaterial), que nadie sabe explicar cómo interaccionan. El viviente no es un alma que interacciona con un cuerpo: el viviente es un cuerpo animado, y es una vida corporeizada. En la medida en que dejemos de usar sustantivos –alma, cuerpo; espíritu, materia– para hablar de estos aspectos de los vivientes, en esa medida empezaremos a salir del atasco dualista. El alma no es un componente más, sino la estructura –el orden– de los componentes. Decir que el ser humano es un “compuesto” de alma y cuerpo es tan (poco) adecuado como decir que una hoja de papel DIN A4 es un compuesto de rectangularidad y celulosa. El alma no es una “entidad inmaterial” que se une a una “entidad material” que es el cuerpo. No son “entidades”, sustancias independientes. El alma no lo es, el cuerpo tampoco. El cuerpo vivo siempre está estructurado, “formado”, de una manera peculiar. Ni siquiera los cuerpos inanimados son pura materia, porque ellos también están estructurados, también tienen forma.

No confundamos epistemología con ontología, no caigamos en el error cartesiano de cosificar lo que no son sino aspectos de la realidad. Del mismo modo (y no es exagerado decir del mismo modo) que las piezas componentes, la estructura, la fuerza motriz y la función de un artefacto no son cosas distintas que interaccionan, sino aspectos distintos –realmente distintos, por otra parte– requeridos para lograr su comprensión integral… del mismo modo alma y cuerpo, materia y espíritu, instinto y libertad, no son cosas distintas que interaccionan y se puedan representar en un diagrama de bloques, sino distintos aspectos cognoscitivos de un único ser, vivir y actuar.

¿Se puede dibujar el alma?

Consideremos el siguiente esquema simplificado de un puente colgante:


Puente colgante: (1) plataforma o tablero horizontal, (2) torres o pilonas, (3) cables de suspensión parabólicos anclados en los extremos, y (4) tirantes verticales o perchas

Podríamos representarlo de modo aún más abstracto de la siguiente manera:


Representación abstracta de las fuerzas en un puente colgante: el tablero cuelga de las perchas, que cuelgan de los cables, que cuelgan de las pilonas

Imaginemos ahora que alguien preguntase, ¿en qué parte del dibujo está la estructura del puente? Pues… lo cierto es que la pregunta es bastante rara. 😜 La estructura es… bueno, la estructura es el mismo dibujo, ¿no? No pretenderemos que la estructura sea un elemento del dibujo, ¿verdad? Ruego al lector que haga una pausa y se imagine la Estructura dibujada como un rectángulo más junto al Tablero, las Perchas, los Cables y las Pilonas, y en relación con ellos.

Absurdo, ¿verdad? La estructura no es un elemento del dibujo, sino el pie. Es lo que escribimos debajo del dibujo para describirlo, es todo el dibujo. La estructura es la propia relación entre los elementos del dibujo. Es el orden de las partes, la organización de sus componentes.

(Por cierto, que he acudido a un ejemplo de arquitectura civil para explicarlo a un público más general, pero lo mismo vale también si uno habla de “arquitectura del software”, que es una de las materias que yo enseño a mis estudiantes. Otro día escribiré sobre Aristóteles y la relación hardware-software.)

Vale. Si hemos entendido esto, entonces deberíamos entender sin dificultad por qué resultan tan inadecuados los siguientes esquemas para intentar representar la relación alma-cuerpo.


Diferentes metáforas visuales de la relación alma-cuerpo… todas equivocadas

Para dibujar la relación alma-cuerpo hay que traducir una relación conceptual entre aspectos a una relación espacial entre partes sobre el papel (o la pantalla), en dos dimensiones. Cualquier metáfora espacial que utilicemos (diagramas de bloques y flechas, pisos apilados, capas de cebolla, etc.) será extremadamente limitada y tenderá a traicionar la idea original de que el cuerpo es materia estructurada, y que el alma no es otra cosa que la estructura del cuerpo vivo y sus operaciones. Cualquier metáfora espacial sobre el papel tiene el grave inconveniente de inducir a pensar que alma y cuerpo son “partes”, “componentes”. Una sencilla imagen puede traicionar el mejor intento de explicación.

¿Se puede dibujar el alma?

Sí. Dibuja una persona de carne y hueso, y habrás dibujado su alma.


Rembrandt. Autorretrato con birrete y cuello vuelto (1659)

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