Ética de la convicción, ética de la responsabilidad

Reglas y consecuencias: dos versiones rivales de la ética

Las escuelas éticas contemporáneas pueden organizarse de muy diferentes maneras. Una distinción muy frecuente entre ellas es la de “ética basada en reglas” frente a “ética basada en consecuencias”.

  • Los filósofos morales que están en el campo de las reglas creen que las acciones buenas son el resultado de seguir las reglas correctas de comportamiento, que generalmente se piensa que son universales y aplicables a todos; las reglas deben ser seguidas independientemente de las consecuencias, buenas o malas, que puedan resultar.
  • Los filósofos morales que se centran en las consecuencias, por el contrario, creen que las reglas generales no son suficientemente específicas para guiar la acción, y sienten en cambio que debemos considerar las consecuencias de nuestros actos, y elegir las acciones que produzcan los mejores resultados o consecuencias.

Técnicamente, esta distinción se conoce en la literatura ética como “deontologismo” (ética de las normas o deberes) frente a “consecuencialismo” (ética de las consecuencias o resultados), que a su vez puede verse como una versión del utilitarismo de Stuart Mill.

Max Weber: La política como vocación

La distinción entre “deontologismo” y “consecuencialismo” fue popularizada por el sociólogo Max Weber, a partir de su famosa conferencia La política como vocación, dictada en 1919. Allí les dio los nombres de “ética de la convicción” (Gesinnungsethik, también traducida como “ética de los fines últimos”) y “ética de la responsabilidad” (Verantwortungsethik).


Max Weber (1864-1920)

La primera posición aparenta más un aire de honorabilidad, mientras que la segunda parece más flexible y razonable: podrían representar, respectivamente, al héroe que admiramos y al pragmatista que imitamos (usando las palabras de Weber, el santo y el político). El problema es que la distinción no ayuda a clarificar las cuestiones éticas, especialmente si se caricaturiza a los defensores de una y otra postura (como hizo ya el mismo Weber al denominarlas la “ética del santo” y la “ética del político”).

Es imposible una ética de la convicción que no tenga en cuenta las consecuencias, ya que actuar es producir consecuencias. Lo característico de la ética de la convicción no es no tener en cuenta las consecuencias, sino que determinadas consecuencias son juzgadas de modo tan negativo que es imposible que sean compensadas con otras consecuencias buenas. Por ejemplo, las consecuencias de la esclavitud para los esclavos no pueden ser compensadas por los beneficios económicos que reportan a sus “dueños”, sean cuales sean esos beneficios.

Por otra parte, también es imposible una ética de la responsabilidad que no tenga en cuenta principios morales, ya que hacen falta principios morales para juzgar la bondad o maldad de las consecuencias. Por tanto, lo característico de la ética de la responsabilidad no es no tener principios, sino más bien no reconocer principios absolutos, barreras incuestionables que no pueden ser infringidas de ninguna manera.

El problema principal del contraste entre “ética de la convicción” y “ética de la responsabilidad” es que se suele presentar de modo caricaturesco como un contraste entre fanáticos fundamentalistas y gente sin escrúpulos (dependiendo de a qué bando se quiera ridiculizar). Como ya digo se trata de un falso contraste. El propio Max Weber es contradictorio a este respecto en su conferencia de 1919, ya que primeramente dice:

Tenemos que ver con claridad que toda acción éticamente orientada puede ajustarse a dos máximas fundamentalmente distintas entre sí e irremediablemente opuestas.

Y posteriormente, hacia el final de la conferencia:

La ética de la responsabilidad y la ética de la convicción no son términos absolutamente opuestos, sino elementos complementarios que han de concurrir para formar al hombre auténtico.

¿En qué quedamos, irremediablemente opuestas, o necesariamente complementarias?

¿Dignidad humana inviolable?

Es difícil, por no decir imposible, conciliar la ética de la responsabilidad con la noción de dignidad humana inviolable. En cuanto a la ética de la convicción, pienso que no se debe tildar de fundamentalista a cualquiera que defienda principios inviolables. Tener principios morales no es ser irracional, y no sólo no excluye, sino que requiere, la valoración de las consecuencias de los propios actos.

REFERENCIAS

Max Weber. “Politik als Beruf”. Gesammelte Politische Schriften. Mohr, Tübingen, 1958. (“La política como vocación”, en Escritos Políticos II, edición a cargo de José Aricó, Folios Ediciones, 1982.)

Robert Spaemann. Moralische Grundbegriffe. München, 1982. (Ética: cuestiones fundamentales. Eunsa, 1998.)

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