La técnica y la transformación de la naturaleza

El deseo de construir un mundo mejor late en la Modernidad desde sus inicios, y es el motor del progreso tecnológico: la ingeniería se propone “cambiar el mundo”, es decir, manifiesta disconformidad con el estado actual de las cosas, que no deberían ser así, sino de otra manera; y esta “voluntad transformadora del mundo” tan característica hace que las ingenierías estén unidas por un fuerte lazo con las humanidades y con la ética en particular, es decir, con la reflexión sobre el cambio deseable, sobre las metas que valen la pena.

Este deseo/capacidad de transformar el mundo debe realizarse en primer lugar desde el reconocimiento de la dignidad propia y ajena. Pero es obvio que afecta de modo cada vez más importante no solo a los otros seres humanos, sino a la Naturaleza como un todo. Ahora bien, la época moderna también se caracteriza en buena medida por la concepción de la naturaleza como puro objeto de dominio, que ya no merece respeto salvo por la utilidad que nos reporta. El movimiento ecologista, que supone una reacción importante ante esta concepción, tampoco tiene fácil justificar su propia postura.

En efecto, el respeto a la naturaleza es debido o bien a la utilidad que nos reporta o bien a su valor intrínseco. El primer caso no deja de ser un ecologismo antropocéntrico y utilitarista, y el segundo caso sólo puede justificarse desde un panteísmo new age cuyas exigencias corren el riesgo de desbocarse (¿debería hacerse a un lado el hombre para dejar ser a la naturaleza, es la humanidad el cáncer de la Madre Tierra?), o bien desde una visión de la naturaleza como “jardín”, que nos sitúa como responsables ante ella.

La visión de la naturaleza como un jardín, como un paraíso, no es una enseñanza de la propia naturaleza (vista con ojos científicos “asépticos”), sino más bien de las distintas tradiciones culturales y religiosas. Cultivar un jardín no es mero respeto a su espontaneidad, sino llevarlo a una plenitud que es más que plenitud botánica. Podríamos decir, en pocas palabras, que un jardín es una creación profundamente artificial, que no se limita a respetar los “ritmos naturales” de crecimiento de la maleza y las malas hierbas. ¿Por qué son malas, las malas hierbas? La justicia y la armonía no pueden surgir espontáneamente como resultado del equilibrio de fuerzas mecánicas “naturales”; la justicia y la armonía no se encuentran de hecho en el mundo, y no triunfarán salvo que nos empeñemos en que lo hagan.


La
casa de la cascada, diseñada por el arquitecto Frank Lloyd Wright: el mejor ejemplo de cómo una obra de arte arquitectónica puede estar plenamente integrada en la naturaleza.

En ocasiones la Modernidad se ha mostrado profundamente pesimista en cuanto a la intervención del hombre en el mundo. Así comienza Jean-Jaques Rousseau su obra más famosa, el Emilio (1762):

Todo es perfecto cuando sale de las manos de Dios, pero todo degenera en las manos del hombre. Obliga a una tierra a que dé lo que debe producir otra, a que un árbol dé un fruto distinto; mezcla y confunde los climas, los elementos y las estaciones, mutila su perro, su caballo y su esclavo; lo turba y desfigura todo; ama la deformidad, lo monstruoso; no quiere nada tal como ha salido de la naturaleza, ni al mismo hombre, a quien doma a su capricho, como a los árboles de su huerto.

Ciertamente, no es fácil encontrar este equilibrio entre la naturaleza como se manifiesta espontáneamente y como podría ser en plenitud. Es tarea del hombre encontrar este equilibrio que ponga a la naturaleza “en su sitio”: ni es una divinidad que merezca veneración, ni es puro objeto de dominio a nuestro servicio. La naturaleza es criatura, que nos sirve, pero a la que también tenemos que servir y respetar, porque somos responsables de ella, somos sus jardineros. Sólo así puede ser fuente normativa y guía en nuestro progreso tecnológico, a la cual tenemos que escuchar con discernimiento. En cambio, si la naturaleza es puro objeto de dominio, que ya no merece respeto salvo por la utilidad que nos reporta, ¿cómo va a ser a la vez fuente normativa? ¿Por qué vamos a dejarnos dominar, o siquiera guiar, por aquello que queremos poner a nuestro servicio?

Esta concepción de la técnica —tarea de transformación del mundo como servicio— no viene de suyo: el progreso técnico puede buscarse por otras motivaciones, principalmente para lograr el dominio sobre la naturaleza, buscando un beneficio intramundano para la humanidad (en definitiva, la supervivencia); o, con una motivación menos confesable, buscando el dominio de unos hombres sobre otros hombres. Como escribe C.S. Lewis en La abolición del hombre (The Abolition of Man):

Lo que llamamos el poder del Hombre sobre la Naturaleza se revela como un poder ejercido por algunos hombres sobre otros con la Naturaleza como instrumento.

Nota bibliográfica

Para quien quiera leer más sobre el tema, recomiendo el capítulo 6.1 (“Ecología ambiental y Ecología humana”) del libro: Antropología de la educación. La especie educableMaría G. Amilburu, Aurora Bernal, M.ª Rosario González Martín. Madrid, Síntesis, 2018.

Créditos de las imágenes

https://viajerosblog.com/visitando-la-famosa-casa-de-la-cascada-de-wright-en-pensilvania.html

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