Qué es una máquina (3): El método científico, la finalidad y la tecnología

Esta es la tercera de una serie de tres entradas publicadas originalmente en Naukas como una unidad.

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Contrariamente a una idea bastante extendida, el método científico-experimental no tiene la respuesta a todas las preguntas, en particular las preguntas acerca de la finalidad de los artefactos que construyen los ingenieros. En el ámbito de los artefactos, el mundo humano de las intenciones es tan real, o más, que el mundo de las relaciones físico-mecánicas. Para hacer buena ingeniería no basta con dominar las leyes de la naturaleza; la interpretación de la intencionalidad y el contexto del simbolismo de los artefactos son también esenciales.

Como decía antes, las acciones de una máquina no son exclusivamente físicas: son acciones intencionales, dirigidas a un propósito, y por eso resulta imposible entender una máquina sin entender su finalidad. Es más, la misma contraposición entre “acción física” y “acción intencional” es engañosa, puesto que todo artefacto humano implica ambos aspectos de forma perfectamente compatible. El funcionamiento de un artefacto mecánico, tal como una ratonera, consiste en una disposición de acciones físicas gobernadas por las leyes de la naturaleza, y al mismo tiempo un sistema de acciones intencionales —es decir, dirigidas a un propósito— diseñadas por el artífice: no son dos conjuntos diferentes de acciones, sino dos puntos de vista diferentes sobre el mismo conjunto de acciones. Por lo tanto, es imposible tener una comprensión adecuada del funcionamiento y existencia de una máquina sin comprender su propósito. Dicho de otra forma, es imposible entender qué es una máquina desde el reduccionismo del método científico-experimental (el cual excluye de partida el análisis de la finalidad); es imposible entender una máquina si la reducimos a sus aspectos físico-mecánicos.

Una ratonera obedece simultáneamente a las leyes físicas y a su propósito

Con esto no quiero decir que el método científico-experimental esté equivocado en su deliberada indiferencia hacia la finalidad, sino sólo que es insuficiente para entender cabalmente aquellas realidades caracterizadas por tener finalidad, como son los actos libres, y los productos de esos actos libres, los artefactos humanos. El método científico es perfectamente legítimo tal cual es, olvidadizo y desconsiderado con la finalidad; lo que no es legítimo es absolutizarlo, el reduccionismo. No pretendo desautorizar el método científico, sino tan sólo destronarlo de un lugar que no le corresponde. No debemos convertir el método científico en un absoluto, ni identificar el reino del conocimiento científico/objetivo con el reino de las relaciones naturales físico-mecánicas. Esto dejaría fuera de la ciencia, ni más ni menos, todo el campo de la ingeniería y la tecnología, el reino de las cosas artificiales. Como ya sugería el Premio Nobel de Economía Herbert Simon a mediados del siglo XX [2], es necesario reconocer y promover una verdadera ciencia de lo artificial que eleve el estatus del diseño y producción de artefactos al nivel de conocimiento objetivo, incluso si se aparta del modelo experimental clásico de la ciencia, por el simple hecho de incluir la consideración de finalidad.

Que los artefactos tienen finalidad es algo obvio y que admiten sin dificultad incluso gente con mentalidad a priori tan poco filosófica como los ingenieros. No es ese el punto, sino que esa finalidad no se descubre con el método científico entendido en sentido estricto, porque las explicaciones finalistas no son verificables ni falsables. Los experimentos científicos pueden decirnos lo que ocurre, y con qué frecuencia. Pueden establecer rigurosamente regularidades y leyes. Pero no pueden asegurar que esa regularidad responda a un diseño intencionado, ni cuál sea ese diseño. No podemos conocer con certeza el propósito de un artefacto, salvo interrogando a su artífice. Propiamente hablando, no puede haber evidencia empírica de que existe diseño.

Con esto no quiero decir que el razonamiento hacia atrás, hacia el diseño, sea ilegítimo; no quiero decir que no podamos conocer (quizás mejor decir “adivinar”) la finalidad, que no podamos hacer ingeniería inversa: ¡lo hacemos los ingenieros todos los días! Lo que quiero decir es que los experimentos no son el camino adecuado, suficiente, para lograrlo.

Todo lo dicho en esta serie se resume en dos frases: es imposible entender lo que realmente es una máquina sin entender para qué sirve, su propósito, su finalidad. Y para entenderlo no basta el método científico-experimental. Para un desarrollo más técnico de las ideas expuestas aquí, ver la referencia [3].

NOTAS

[1] Aquí me refiero al método científico-experimental entendido de modo estricto como observación de fenómenos, formulación de hipótesis explicativas, y verificación o falsación de las hipótesis mediante experimentación. Precisamente esta serie trata de la necesidad de abrir lo científico a otros modos de pensamiento riguroso que vayan más allá de lo experimentable.

[2] Herbert A. Simon, The Sciences of the Artificial. Cambridge, Massachusetts: MIT Press, 1969.

[3] Gonzalo Génova, Ignacio Quintanilla Navarro. Discovering the principle of finality in computational machines. Foundations of Science. Published online 13 February 2018. El manuscrito está accesible desde mi página académica personal.

Créditos de las imágenes

https://eltrasterodemimente.wordpress.com/2013/08/07/el-raton-y-la-ratonera-2/

3 pensamientos en “Qué es una máquina (3): El método científico, la finalidad y la tecnología

    • Pues ya que lo mencionas, debo decir que estoy completamente de acuerdo contigo. Y vuelvo a leer el párrafo del que citas esa frase, y me parece que, siendo conclusión de toda la reflexión anterior, y no mera opinión caprichosa, es efectivamente un argumento contundente contra el Diseño Inteligente:

      Los experimentos científicos pueden decirnos lo que ocurre, y con qué frecuencia. Pueden establecer rigurosamente regularidades y leyes. Pero no pueden asegurar que esa regularidad responda a un diseño intencionado, ni cuál sea ese diseño. No podemos conocer con certeza el propósito de un artefacto, salvo interrogando a su artífice.

      Igual este punto se podría desarrollar más a fondo, lo tendré en cuenta para el futuro. Gracias por la observación.

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