Ruth Chang: How to make hard choices

Hace ocho años escuché esta pequeña joya por primera vez. Son apenas 15 minutos:


Piensen en una elección difícil que enfrentarán en el futuro cercano. Puede que sea entre dos carreras, ser artista o contador, o lugares para vivir, la ciudad o el país, o incluso entre dos personas para casarse. Uno podría casarse con Betty o con Lolita. O podría elegir entre tener hijos o no, hacer que un padre enfermo venga a vivir con uno, criar al hijo en la religión que profesa nuestra pareja pero que nos es indiferente. O si donar los ahorros de toda la vida a la caridad…

La charla es en inglés, obviamente, con una dicción maravillosa (todo en esta mujer me parece admirable). Hay transcripción sincronizada, que se puede activar con el botón Read transcript (y se puede elegir también transcripción en español). Dejo aquí el documento con el texto bilingüe, aunque te recomiendo, lector, que la escuches a ella, porque su propia forma de expresarse dice mucho. Recientemente se ha publicado una entrevista en La Vanguardia que recoge las ideas principales: Ruth Chang, la filósofa que te enseñará a tomar decisiones difíciles sin miedo a equivocarte.

Lo que hace difícil a una elección es la forma de la relación entre alternativas

Cuando escuché esta breve charla por primera vez, además de ayudarme personalmente en una difícil elección en ese momento (que implicaba en qué continente vivir), me sirvió también como fuente para un trabajo académico que estaba desarrollando en ese momento, sobre la libertad, la razón humana y las máquinas computacionales. Y conecta de lleno con algunas de las ideas madre que han inspirado este blog desde que lo inicié hace cuatro años:

El comportamiento libre no es una función computable.

O también:

El comportamiento racional (humano) no es (sólo) algorítmico.

Esto es obvio para mucha gente, pero al mismo tiempo no es en absoluto obvio para muchos filósofos e informáticos, por lo que tratar de explicarlo de manera convincente (para ellos) no es tan fácil, por mucho que esto pueda sorprender a otras personas.

Por decirlo brevemente, según Chang una elección “fácil” es aquella en la que las alternativas A y B son comparables, son medibles en una escala lineal, y entonces solo caben tres posibilidades: A es mejor que B, A es peor que B, A y B son equivalentes. Todo se reduce a números, y un número es mayor, menor, o igual a otro. El paraíso de los algoritmos de decisión, de la ética para máquinas.

Por el contrario, una elección difícil se da cuando las alternativas no son comparables numéricamente. Una elección “fácil” es computable, una elección “difícil” no lo es. No es que no sepamos medir las alternativas: es que no son medibles. Pensar que todo debe ser medible es un tipo muy particular (y nocivo) de ceguera; es la ceguera propia del utilitarismo, que valora solo aquellas cualidades que son medibles.

Un mundo lleno de elecciones fáciles (computables) nos haría esclavos de las razones: de la razón calculadora, que mide y compara numéricamente las razones para elegir una u otra alternativa.

No deberíamos pensar que las elecciones difíciles lo son «porque no sabemos lo suficiente»

Dejo aquí una selección de algunas frases entresacadas de la charla de Ruth Chang:

  • Es un error pensar que en elecciones difíciles, una alternativa realmente es mejor que otra pero somos demasiado tontos para saber cuál es.
  • Las elecciones difíciles lo son no por nosotros o por nuestra ignorancia; son difíciles porque no hay una opción que sea mejor.
  • Sin querer suponemos que los valores como la justicia, la belleza, la bondad, son similares a las cantidades científicas, como la longitud, la masa y el peso.
  • Como criaturas de la post Ilustración, solemos suponer que el pensamiento científico es la clave de todo lo importante en nuestro mundo, pero el mundo de los valores es diferente al mundo de la ciencia.
  • Imaginen un mundo en el que cada elección que enfrentásemos fuese fácil, o sea, siempre existe la mejor alternativa. De existir una mejor alternativa, esa es la que uno debería elegir, porque parte de ser racional es hacer lo mejor en vez de lo peor, elegir aquello que uno tiene más razones para elegir. En un mundo así, tendríamos más razones para usar calcetines negros en vez de calcetines rosas, de comer cereales en vez de donuts, de vivir en la ciudad en vez de vivir en el campo, de casarnos con Betty en vez de hacerlo con Lolita. Un mundo lleno de elecciones fáciles nos haría esclavos de las razones.
  • Es aquí, en el espacio de las elecciones difíciles, donde tenemos que ejercitar nuestro poder normativo, el poder de crear las propias razones, para hacer de uno mismo el tipo de persona para quien la vida rural es preferible a la vida urbana.
  • Cuando enfrentamos elecciones difíciles, no deberíamos darnos con la cabeza en la pared tratando de averiguar qué alternativa es mejor. No existe la mejor alternativa. En vez de buscar las razones fuera, deberíamos buscar las razones dentro: ¿Quién quiero ser?
  • Quienes van a la deriva dejan que el mundo escriba la historia de sus vidas. Permiten que los mecanismos de recompensas y castigos, las palmaditas en la cabeza, el miedo, la facilidad de una opción, determinen quiénes son.

La propia Ruth Chang resume su postura intelectual con la viñeta siguiente (atrozmente herética para el mecanicismo negador de la autodeterminación):

Que yo reinterpreto así: nuestro destino o ideal personal nos lo forjamos nosotros mismos. O, en versión quijotesca: “Yo sé quién soy, y sé quién puedo llegar a ser” [1].

NOTAS

[1] “Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías”. Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605), Parte I, Capítulo V. Curiosamente, el otro genio universal dice algo muy parecido, que solo a primera vista es contradictorio: “Sabemos lo que somos, pero no lo que podemos ser”. William Shakespeare, Hamlet (1600), Acto cuarto, Escena V (Ofelia a Claudio). Ambos autores ponen de manifiesto la apertura de la naturaleza humana a una plenitud que no está prefijada.

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