La inducción y sus demonios

Esta entrada fue publicada originalmente Naukas, y es la cuarta de una serie de cuatro sobre el método científico:

  1. Una breve historia del método científico: inducción y deducción
  2. Regularidad y causalidad: ¿en qué quedamos?
  3. Abducción: el origen de las hipótesis científicas
  4. La inducción y sus demonios

La fuerza y la debilidad de la inducción

La inducción es el razonamiento que va de lo particular a lo general, el proceso mental de formular leyes generales sobre la base de observaciones experimentales particulares. Al contrario que la deducción, cuya conclusión es necesaria, la inducción extrae conclusiones generales pero no necesarias a partir de una colección finita de observaciones empíricas (empeiría = experiencia). No debe tampoco confundirse la inducción con la abducción, sobre la que ya que ya escribí anteriormente.


Antes que nada digamos que la inducción científica no debe confundirse con la “inducción matemática”, que a pesar de su nombre es una forma de riguroso razonamiento deductivo.


El empiricismo moderado defiende la idea de que una teoría sólo merece ser calificada como “científica” si está sustentada en “evidencias experimentales”. El empiricismo radical añade a esto el matiz –nada desdeñable– de que la experiencia es el único medio del que disponemos para conocer la realidad. Esta tesis es ciertamente muy fácil de criticar: la idea de que “sólo las proposiciones que se obtienen de la experiencia son aceptables como verdaderas”, no se sostiene ella misma en ningún tipo de evidencia empírica.

Así pues, el empiricismo radical debe ser rechazado como contradictorio consigo mismo. En cambio, el empiricismo moderado es legítimo como criterio para distinguir el conocimiento científico-experimental de otras formas válidas de conocimiento. No obstante, sin negar el papel extraordinariamente importante que la evidencia empírica tiene en la ciencia, es necesario mostrar los límites de la inducción como forma de obtener conocimiento a partir de la experiencia.

El gran problema de la inducción es si verdaderamente tiene fundamento racional, ya que la mera repetición de experiencias particulares no permite dar el salto a la ley general, como repetidamente han observado los críticos del inductivismo desde tiempos antiguos. En su Investigación sobre el entendimiento humano (1748), David Hume argumenta por qué es imposible justificar el razonamiento inductivo: ciertamente no puede ser justificado deductivamente, y tampoco puede serlo inductivamente (a partir del éxito de la inducción en el pasado), puesto que se trataría de una justificación circular. No obstante, continúa Hume, practicamos la inducción y nos beneficiamos de ella. No tiene justificación racional, pero está enraizada en hábitos instintivos; no es fiable, pero tenemos que fiarnos de ella.

Verificacionismo y Falsacionismo

Dos posturas filosóficas han tratado principalmente con el problema de la inducción a lo largo del siglo XX: Verificacionismo y Falsacionismo. A pesar de los críticos de la inducción, el verificacionismo sostiene una tesis optimista: la inducción es posible. Este optimismo es la base de la actitud más generalizada entre los científicos, que les lleva precisamente a buscar la confirmación de sus teorías en la experiencia. El verificacionismo admite a priori que las regularidades no pueden ser casuales: debe haber algún tipo de racionalidad en el universo, y la mente humana es capaz de descubrirla y formular leyes que expresan esas regularidades.


Bertrand Russell (1872-1970)

Bertrand Russell, dignísimo sucesor de Hume, representa la crítica moderna a este punto de vista con su mordaz historia del “pavo inductivista”, que tras meses de repetidas experiencias (de lo más regulares, por cierto) llegó a la firme conclusión de que el hombre que lo alimentaba cada mañana en el corral seguiría haciéndolo hasta el fin de los tiempos, con todo su cariño… [1, p. 36]:

Debe admitirse, para empezar, que el hecho de que dos cosas se hayan encontrado a menudo juntas y nunca separadas no es suficiente por sí solo para demostrar que se encontrarán juntas en el próximo caso que examinemos. Lo máximo que podemos esperar es que cuanto más a menudo encontremos juntos dos fenómenos, más probable será que los volvamos a encontrar juntos en otro momento; y que, si los hemos encontrado juntos con la frecuencia suficiente, la probabilidad será casi segura. Nunca se puede llegar a la certeza, porque sabemos que, a pesar de las repeticiones frecuentes, a veces hay un fallo al final, como en el caso del pavo al que retuercen el pescuezo. Por lo tanto, probabilidad es todo lo que podemos y debemos buscar.


El pavo inductivista vive feliz porque no mira el calendario

El falsacionismo, difundido principalmente a partir de los escritos de Karl Popper, considera también de modo pesimista, junto con los críticos del verificacionismo, que la inducción no es posible [2]: la inducción en sentido estricto no es parte del método científico, la inferencia basada en muchas observaciones es un mito; no podemos aspirar a comprobar la verdad de ninguna teoría científica; las hipótesis científicas no pasan de ser meras conjeturas que son aceptadas provisionalmente hasta que aparece una nueva experiencia que las refuta (lo que Popper llama “falsación”).

Esta postura está impregnada de un aire sanamente escéptico que le ha llevado a obtener un buen crédito entre los científicos. Pero lo cierto es que, llevado hasta sus últimas consecuencias (más allá de donde el mismo Popper lo habría llevado), el falsacionismo resulta una postura absurda: los científicos no se dedican a formular y aceptar provisionalmente cualquier teoría para, a continuación, buscar contraejemplos que la refuten. Todo lo contrario, los científicos se esfuerzan tanto o más por verificar que por refutar, y sólo aceptan de entrada hipótesis que sean razonables y con alto poder explicativo (o sea, hipótesis que son fruto de razonamientos abductivos).

Más allá de la experiencia fáctica

En definitiva, ni el verificacionismo ni el falsacionismo pueden dar cuenta de la realidad de la actividad científica en toda su magnitud, sin remitir a algo que está más allá de la experiencia fáctica. Podemos decir que ambas posturas tienen razón en una parte, pero se equivocan en otra parte. El verificacionismo tiene razón al decir que las hipótesis deben ser verificadas experimentalmente, pero se equivoca al pretender que la inducción a partir de la experiencia puede alcanzar la verdad científica con absoluta certeza. El falsacionismo tiene razón al decir que la inducción no puede ser justificada formalmente, pero se equivoca al pretender que la ciencia consiste esencialmente en intentar refutar teorías.

La realidad de la ciencia es que la inducción es constantemente usada (y requerida por la comunidad científica) para validar las teorías, aunque carezca de justificación formal y sólo produzca resultados “probables” (likely). El progreso de la ciencia depende de principios que no surgen sólo de la experiencia formalmente verificada. La limitación de la razón a lo empíricamente verificable es más un obstáculo que una ayuda en el camino de la ciencia.

¿Cuántas pruebas son suficientes?

Ahora bien, dejando aparte el problema filosófico de la justificación formal de la inducción, nos queda todavía el problema práctico de determinar qué cuenta como experimento válido para verificar una determinada teoría. ¿Cuántas pruebas son suficientes? ¿Qué porcentaje de resultados positivos debe requerirse para aceptar una teoría? La ausencia de respuestas a priori para estas preguntas implica claramente la imposibilidad de formalizar completamente el método científico. De hecho, la respuesta ha de encontrarse en el carácter “público” y “social” de la ciencia.

Esto no quiere decir, ni mucho menos, que la verdad científica se establezca por consenso, sino que los resultados de la investigación deben ser contrastables por los demás: la ciencia no es un asunto privado. Lo que busca el científico es seguir un camino hacia el conocimiento que pueda ser seguido por otros investigadores; la meta es “convencer” a la comunidad científica de la validez de determinados resultados de investigación. Esto implica que, además de contar con base empírica, los trabajos científicos deben ser presentados con las oportunas explicaciones y con una adecuada interpretación de resultados.

Así pues, ¿cuántas pruebas son suficientes? Tantas como razonablemente requiera la comunidad científica…

Referencias

El título de este artículo está inspirado en El mundo y sus demonios, un famoso libro de Carl Sagan publicado en 1995, que trata de explicar el método científico y promueve el pensamiento crítico.

[1] Russell, B.A.W. Los problemas de la filosofía. Problems of Philosophy. Oxford: Oxford University Press, 1997 (1912: 1st ed.).

[2] Popper, K.R. La lógica de la investigación científica. The Logic of Scientific Discovery. London: Hutchinson, 1959. (Logik der Forschung. Zur Erkenntnistheorie der Modernen Naturwissenschaft. Vienna: Julius Springer, 1934).

Créditos de las imágenes

https://es.wikipedia.org/wiki/Bertrand_Russell
https://pixabay.com/es/illustrations/pavo-animales-ave-granja-silvestre-1456057/

 

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